(Tomado del semanario El Cofre, Perote, Ver.)
Más desinterés que polémica, más repudio que amenazas, es lo que el jefe del estado Vaticano recibió al visitar la capital del Reino Unido, de la Comunidad Británica y de la Iglesia Anglicana.
Medios europeos difundieron que sólo dos de cada diez londinenses consideraron la visita como un evento político o eclesiástico importante. Hace cinco siglos, el rey Enrique VIII separó la iglesia cristiana de su país, un siglo más tarde una revolución sometió los asuntos de Estado al pueblo y los eclesiásticos a la libertad de conciencia regulada por el Estado.
Hoy, el jefe de la iglesia romana plantea en el parlamento por la “unidad” de las iglesias. Tal unidad, justifica Raztinger, debe darse para proteger “los derechos de los creyentes a su libertad de conciencia y de religión sino también la legitimidad del rol de la religión en la plaza pública".
Provocador, Ratzinger “recordó” a Tomás Moro, no lo hizo como aquel funcionario que traicionó a su país al enviar a la hoguera a servidores de la corona por su lealtad a la Reforma, sino como aquél que pereció al “enfadar a un soberano del que era un buen servidor porque eligió servir primero a Dios".
Las provocaciones persisten: "Para los legisladores la religión no debe ser un problema que resolver sino un contribuyente vital a la conversación nacional".
Sin embargo, admirablemente los ingleses responden con el absoluto respeto a sus instituciones: Un atentado se frustró y seis terroristas fueron rigurosamente detenidos. Los admiradores del Papa pidieron la ordenación sacerdotal para las mujeres. Los grupos homosexuales se pronunciaron contra la pederastia, los puritanos lo llamaron usurpador y traidor a Jesús… Y los nacionalistas, británicos todos, le gritaron: "No aceptaremos que un ex nazi nos diga lo que debemos hacer".
Razones tendrán, basadas en una historia de 500 años, para cuestionar que un soberano extranjero alegue sobre “la necesidad de hacerle un lugar a la religión en la esfera pública”.
Ante estos hechos, y concediendo que la ideología del pueblo sostiene el rumbo de una nación, ¿podemos imaginar siquiera que los mexicanos logremos la transformación que nuestro país necesita?
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