Lo único que se necesita para que triunfe el mal, es que los hombres buenos hagan nada.

Edmund Burke. Escritor y pensador político irlandés. 1729-1797.

La felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad. La íntegra conservación de estos derechos es el objeto de la institución de los gobiernos, y el único fin de las asociaciones políticas.

José María Morelos y Pavón 1814, art. 24 Constitución de Apatzingán.



martes, 7 de septiembre de 2010

El Estado laico no necesita el perdón de Dios

Crestomatía escrito por Fernando del Paso y publicado por La Jornada

I. LA DIFERENCIA ENTRE EL PECADO Y EL DELITO

Las religiones pueden definir qué clase de conducta son pecado,pero no están facultadas para establecer qué debe o no ser considerado como delito

Es a la Iglesia, o poder espiritual, a la que corresponde castigar o perdonar el pecado, y al Estado, o poder temporal, al que corresponder juzgar y castigar el delito y considerar los atenuantes o agravantes de su comisión. Pero no le corresponde perdonarlo.as religiones pueden definir qué clase de conducta son pecado,pero no están facultadas para establecer qué debe o no ser considerado como delito.

La Iglesia, si quiere, puede perdonar el o los pecados de un asesino, un narcotraficante o un pederasta. El Estado no obliga a la Iglesia ni a condenar, ni a castigar esta clase de transgresiones. Sí le exige, en cambio, que entregue a la justicia civil a todo aquel ciudadano cuyo pecado constituya un delito, para que se le juzgue con todo el peso –y la bondad– de la Ley.

Cuando la Iglesia se niega a hacerlo con la excusa del secreto de confesión, y de hecho siempre lo hace, el sacerdote y con él la Iglesia entera se transforman en encubridores, en cómplices del delito.

........El Estado laico no necesita el perdón de Dios, porque no atenta ni contra Dios ni contra la Iglesia. No atenta contra los fieles: protege su libertad. Protege su libre elección O, en otras palabras, protege el libre albedrío, cuya existencia fue confirmada por Santo Tomás de Aquino en la Summa Theologica.

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